Montreal · Trois-Rivieres · Ciudad de Quebec · Isla de Orleans · Charlevoix · Baie-Saint-Paul · 13 min de lectura
7 días · 4 ciudades
Duración
7 días
Presupuesto estimado
1.400 a 2.300 dólares canadienses, sin vuelo
Mejor época
De fines de septiembre a octubre
Visa
eTA o visado, según el pasaporte
Este itinerario de 7 días por Quebec tiene solo dos bases, Montreal y la ciudad de Quebec, y el coche entra en escena apenas el tercer día. Esa es la decisión que organiza la semana: Montreal se recorre en metro, y el coche allí es aparcamiento caro.
En resumen: dos días en la metrópoli, la carretera a Quebec por Trois-Rivieres, dos días en la ciudad amurallada, y la Côte-de-Beaupré y Charlevoix como excursiones. eTA, temporada y comida están al final.

Unas 1h15, 16 dólares canadienses la visita libre, abierta de lunes a sábado de 9 a 16 y el domingo desde las 12.30. Del aeropuerto al centro son 25 minutos en el autobús 747, y la basílica queda a diez minutos a pie de la mayoría de los hoteles del Vieux-Montreal.
Por dentro no parece una iglesia neogótica más: la bóveda es azul oscuro, salpicada de estrellas doradas, y el retablo está tallado en nogal y cubierto de pan de oro. Las vidrieras rompen con la costumbre y cuentan la historia de Montreal en vez de escenas bíblicas, una exigencia del sacerdote que las encargó en 1929.
De noche, la misma nave acoge el espectáculo de luz AURA, de Moment Factory, por 37 dólares. Vale si te gusta la proyección mapeada; si no, la visita de día entrega lo esencial. Todas las misas son en francés.
Parada rápida, 30 minutos, gratis, a tres manzanas de la basílica, bajando hacia el este. Fue mercado público en 1804 y hoy es una rampa de piedra tomada por terrazas, retratistas y músicos, con la columna de Nelson en lo alto.
Arriba está el Ayuntamiento, con el balcón desde el que De Gaulle gritó la frase de 1967 que en Quebec todavía se discute. Baja por el otro lado hasta el río.

Cerca de una hora, gratis, al final de la Place Jacques-Cartier. Son 2,5 km de muelles reconvertidos en paseo, con noria, playa urbana y los viejos silos de grano al fondo.
La novedad reciente es el Marché des Éclusiers, mercado público instalado a la entrada del canal de Lachine, con puestos de comida y mesas frente al agua: es la mejor primera cena del viaje, más barata y más animada que los restaurantes con terraza de la plaza. Después del vuelo largo, es un buen sitio para terminar el día.
Unas 1h15, gratis, y es el primer punto del día porque es el más alto: desde aquí el recorrido solo baja y va hacia el norte. Sube en el autobús 11 desde el metro Mont-Royal, o a pie por el camino Olmsted, media hora de subida.
El parque lo diseñó Frederick Law Olmsted, el mismo del Central Park, y la terraza lleva el nombre del jefe hurón-wendat que negoció la Gran Paz de Montreal en 1701. Desde el pretil se ve el centro, el río San Lorenzo y, en día claro, los Adirondacks de Estados Unidos.

Parada rápida, 45 minutos, gratis, bajando del parque por la avenue du Parc o una parada de metro hasta Mont-Royal. Es la arteria del Plateau, con tiendas independientes, librerías de viejo, ropa de segunda mano y terrazas, cerrada al coche por tramos en verano.
Lo que llama la atención no son las tiendas sino las casas: escaleras de hierro que suben por fuera de la fachada, una solución del siglo 19 para meter más pisos en el solar sin pagar impuesto por escalera interior. Hoy es la firma visual del barrio.

Unas 1h30, gratis, quince minutos a pie al norte del Plateau. Es el barrio de los estudios de videojuegos, los talleres de artista y los callejones verdes, las ruelas entre manzanas que los vecinos convirtieron en jardín.
Aquí están la St-Viateur y la Fairmount, las dos panaderías que se disputan el mejor bagel de Montreal desde los años 1950. El bagel de aquí se hierve en agua con miel y se hornea en horno de leña, más fino y más dulce que el de Nueva York, y sale del horno 24 horas al día. Compra media docena caliente y cómela en la calle, que es como se hace.

Unas 1h15, gratis, en la Petite-Italie, a quince minutos a pie del Mile End o una parada de metro. Funciona desde 1933 y es donde los productores de Quebec venden directo.
Ve con hambre y sin lista. A finales del verano y en otoño los puestos se llenan de calabaza, maíz, seta silvestre y las manzanas pequeñas que acaban en sidra de hielo. Hay queserías con los quesos de leche cruda que produce Quebec, puestos de jarabe de arce y barras para comer allí mismo. Es la mejor comida barata de Montreal.

Unos 45 minutos, gratis, a 1h20 de Montreal por la autopista 40. Recoge el coche de alquiler la mañana de este día y no antes: los dos primeros días sería solo gasto de aparcamiento.
Es el santuario mariano nacional de Canadá, a orillas del río San Lorenzo. La basílica octogonal de 1964 parece una nave posada en el césped, y por dentro tiene 125 vidrieras de Jan Tillemans que encienden el hormigón cuando entra el sol. Al lado, en piedra, sobrevive la capillita de 1714, la iglesia más antigua de Canadá aún en pie en su sitio original.

Parada rápida, 45 minutos, gratis, a diez minutos del santuario, en el centro de Trois-Rivieres. El incendio de 1908 se llevó 800 edificios de la ciudad y se detuvo en esta calle.
Lo que quedó es una manzana entera del régimen francés: casas de piedra con tejado a dos aguas, el monasterio de las ursulinas de 1697 con su cúpula, y el Manoir Boucher-de-Niverville, de hacia 1730. Se recorre en veinte minutos y se come en el centro antes de seguir. De aquí a Quebec son 1h20.

Cerca de una hora, gratis si solo paseas por la terraza, al final de la tarde. Deja el coche en el aparcamiento del hotel y no lo toques hasta el Día 5: la ciudad amurallada se hace entera a pie.
El Frontenac es un hotel de 1893 construido por el ferrocarril canadiense, y dicen que es el hotel más fotografiado del mundo. No hace falta alojarse para entrar: el vestíbulo está abierto y el bar de la primera planta sirve a cualquiera.
La Terrasse Dufferin, la plataforma de madera de al lado, corre 425 metros sobre el acantilado, con vista al río, a Lévis en la otra orilla y a los barcos que remontan el San Lorenzo. En invierno, el tobogán de madera que baja por la terraza funciona desde 1884.

Unas 1h15, gratis, bajando del Frontenac en funicular o por la escalera Casse-Cou. Empieza temprano: después de las 11 la calle se llena con los pasajeros de los cruceros que atracan justo abajo.
Es la calle comercial más antigua de América del Norte, con casas de piedra del siglo 17 pegadas al acantilado, tiendas de artesanos y el mural Fresque des Québécois, de 420 metros cuadrados, que finge ser una fachada con balcones y personajes de la historia de la ciudad.

Parada rápida, 30 minutos, gratis, a una manzana de Petit-Champlain. Aquí levantó Samuel de Champlain la primera vivienda, y la plaza es la cuna literal de la ciudad.
La iglesia Notre-Dame-des-Victoires, de 1688, es la más antigua de piedra de Canadá, y dentro cuelga del techo una maqueta de barco, exvoto de marineros. El busto de Luis 14 en el centro de la plaza es una copia: el original se convirtió en disputa diplomática y volvió a Francia.

Unos 45 minutos, entrada gratuita, subiendo de la Place-Royale a la ciudad alta, diez minutos de cuesta. Es la primera iglesia parroquial al norte de México, fundada en 1647, incendiada y reconstruida tres veces.
Dos cosas que buscar: el baldaquino dorado sobre el altar, coronado por un dosel que imita el de San Pedro de Roma, y la cripta, donde están enterrados cuatro gobernadores de Nueva Francia y los obispos de Quebec. La Puerta Santa de la fachada, abierta en 2013, es la única fuera de Europa.

Unas 1h30, 22 dólares canadienses, a diez minutos a pie de la catedral por la rue Saint-Louis. La visita es obligatoriamente guiada, dura una hora e incluye el museo del Royal 22e Régiment, porque la fortaleza sigue siendo base militar activa.
Los británicos tardaron treinta años, de 1820 a 1850, en levantar esta estrella de piedra en el punto más alto del Cap Diamant, contra una invasión estadounidense que nunca llegó. Del 1 de septiembre a mayo el horario es de 10 a 17.30. El cambio de guardia, con casacas rojas y gorros de piel de oso, solo se hace en verano.

Cerca de una hora, gratis, justo al lado de la Ciudadela. Son 98 hectáreas de césped sobre el acantilado, y es donde los vecinos corren, van en bici y esquían en invierno.
La batalla del 13 de septiembre de 1759 duró unos veinte minutos y decidió el destino de Nueva Francia: los dos generales, Wolfe y Montcalm, murieron de sus heridas. El parque es el mejor final de tarde de la ciudad, con el sol bajando sobre el río y el puente de Quebec a lo lejos.

Unas 1h30, acceso al parque por unos 6 dólares canadienses y teleférico por unos 15 ida y vuelta, a 20 minutos en coche del centro de Quebec por la autopista 440. Empieza temprano, antes de los autocares.
La caída tiene 83 metros, 30 más que las cataratas del Niágara, y cae directamente al río San Lorenzo. Sube en teleférico y baja por la escalera de 487 escalones, que pasa junto a la pared de agua; el puente colgante sobre la cresta da la foto desde arriba. En invierno la salpicadura se congela en un cono de hielo de veinte metros que los locales llaman pan de azúcar.

Tres horas con las paradas, gratis, cruzando el puente justo después de la cascada. La isla tiene 34 km de largo y una sola carretera, el Chemin Royal, que la rodea entera en 67 km y una hora sin parar.
Son seis pueblos, cada uno con su iglesia de piedra del régimen francés, y de aquí sale buena parte de la comida de Quebec: fresa, patata, manzana y grosella negra. Para en Sainte-Pétronille, el primer pueblo, por la vista del Frontenac al otro lado del agua, y en al menos una sidrería para probar la sidra de hielo, hecha con manzanas recogidas congeladas y concentradas por el propio frío, invento quebequés de los años 1990.
En septiembre y octubre las granjas abren para recoger manzana y los arces se ponen rojos, que es el mejor momento del año para dar esta vuelta.

Cerca de una hora, entrada gratuita, a 30 minutos al este del puente de la isla por la carretera 138. Es santuario de peregrinación desde 1658, cuando unos marineros bretones náufragos atribuyeron su salvación a santa Ana.
La basílica actual es de 1926 y lo que impresiona es el techo: bóvedas enteras cubiertas de mosaico dorado, hechas por artistas franceses a lo largo de décadas. Nada más entrar, dos columnas están forradas de muletas y bastones dejados por peregrinos que dicen haberse curado, imagen que resume el lugar mejor que cualquier cartel.

Unas 1h30, entrada de pago en la puerta, a quince minutos más adelante por la misma carretera 138. El río Sainte-Anne-du-Nord ha excavado una garganta de granito de 74 metros de profundidad y cae dentro de ella.
El circuito atraviesa la grieta por tres puentes colgantes a alturas distintas, y el de arriba se mueve de verdad. En septiembre y octubre los arces de ambas laderas se ponen naranjas y es el mejor momento para venir. Quien quiera más puede hacer la tirolina Air Canyon, que cruza la garganta y se vende aparte, con reserva recomendada porque las salidas son limitadas.

Unas dos horas, gratis, a 1h20 al noreste de Quebec por la carretera 138. La bajada hacia la bahía, cuando la carretera deja la meseta y el pueblo aparece abajo entre las montañas, es el mejor momento del trayecto.
El pueblo está en el fondo de un cráter de meteorito de 56 km de diámetro, que cayó allí hace 400 millones de años y dejó el suelo fértil del valle. Aquí fundó un grupo de artistas callejeros el Cirque du Soleil en 1984, y la Rue Saint-Jean-Baptiste todavía tiene más de veinte galerías de arte en casas de madera de colores, una al lado de otra.
Parada rápida, 1h15, entrada de pago, a veinte minutos al este de Baie-Saint-Paul por la Route du Fleuve, que baja hasta la orilla y es una de las carreteras más bonitas de la región.
El museo ocupa el astillero de Saint-Joseph-de-la-Rive, donde se construyeron las últimas goletas de madera que transportaban carga por el río San Lorenzo hasta los años 1960. Tres de ellas están en seco y se pueden recorrer por dentro.

Tres horas con la travesía, ferry gratuito desde Saint-Joseph-de-la-Rive cada media hora. Jacques Cartier desembarcó aquí en 1535 y bautizó la isla por los avellanos que encontró.
La vuelta completa son 26 km, una hora en coche o media jornada en bici. Para en los dos molinos restaurados, uno de agua y otro de viento, que aún muelen trigo en verano, y en las panaderías que cuecen pan en horno de piedra. El resto es carretera de campo entre graneros y el agua del río, que allí ya es salada y tiene 15 km de ancho.
Vuelve a Quebec por el mismo camino, unas 1h40 desde el ferry.

Parada rápida, 45 minutos, gratis, a 2h40 de Quebec por la autopista 20. Sal temprano de la ciudad de Quebec: el trayecto es directo y soso, y lo bueno del día está en la llegada.
El Atwater es de 1933, como el Jean-Talon, pero es más pequeño y más concentrado: una nave central con carnicerías y queserías, la torre art déco del reloj en el medio y los puestos de productor fuera, con vista al canal de Lachine. Es el sitio para comprar jarabe de arce de verdad, en lata, y queso curado para llevar.

Unas 1h15, entrada gratuita con contribución voluntaria, a quince minutos en coche del mercado, en la ladera oeste del Mont Royal y camino del aeropuerto.
La cúpula tiene 97 metros y es la tercera mayor cúpula de iglesia del mundo, después de San Pedro y el Duomo de Milán. La historia es más interesante que el tamaño: el hermano André, un portero de colegio analfabeto y enfermizo, empezó en 1904 con una capilla de madera de cinco metros de lado en la ladera, y su fama de sanador trajo el dinero que construyó todo esto en treinta años.
Sube los 283 escalones de la escalinata central si quieres, o usa el ascensor lateral. Desde la terraza se ve todo el oeste de Montreal. Del Oratorio al aeropuerto son veinte minutos.
Hace falta una de dos cosas: visado de visitante o eTA, la autorización electrónica. Nunca las dos. Cuál de ellas depende del pasaporte y del historial, y esa es la parte que casi todas las guías explican mal.
Los ciudadanos de la Unión Europea, incluido España, de México y de Chile necesitan la eTA cuando llegan en avión, y no visado. Argentina, Brasil, Colombia y otros países con visado obligatorio pueden cambiar el visado por la eTA con dos condiciones: haber tenido visado canadiense en los últimos 10 años o tener visado estadounidense de no inmigrante vigente, y llegar en avión. La eTA cuesta 7 dólares canadienses, se emite en minutos, queda ligada al pasaporte y vale 5 años o hasta que caduque el pasaporte.
El detalle que arruina viajes: llegando por tierra o por mar, en coche, autobús o tren desde Estados Unidos, la eTA no sirve y el visado de visitante vuelve a ser obligatorio. Comprueba tu caso en la web del gobierno canadiense antes de comprar el billete.
De finales de septiembre a mediados de octubre, si el objetivo es el otoño. Es cuando los arces se ponen rojos y naranjas en el valle del San Lorenzo, la temperatura queda entre 8 y 18 grados y las colas del verano ya han pasado. El pico de color llega primero a Charlevoix y a las montañas y una o dos semanas después a Montreal.
De junio a agosto es temporada alta: días largos, todo abierto, festivales casi cada semana en Montreal y calor de 25 a 30 grados, que sorprende a quien espera un Canadá frío. Es también cuando más suben los precios de hotel.
De diciembre a marzo la ciudad de Quebec queda cubierta de nieve y se convierte en la postal de invierno del país, con el Carnaval en febrero y el Hotel de Hielo, pero las temperaturas van de 15 bajo cero a 5 bajo cero y varias atracciones del interior cierran. Abril y noviembre son los meses a evitar: la nieve se fue, las hojas cayeron y casi nada está abierto.
Montreal tiene vuelos directos desde casi toda Europa, incluido Madrid en temporada, y desde muchas ciudades de Estados Unidos. Desde América Latina hay un directo de Sao Paulo de unas 10 horas; el resto pasa por Toronto, Nueva York o Europa. El aeropuerto queda a 25 minutos del centro en el autobús 747, que funciona 24 horas.
El coche se alquila el Día 3 y se devuelve el Día 7. En Montreal es prescindible y caro: el metro cubre todo lo que hace esta ruta, y aparcar en el Vieux-Montreal pasa de 25 dólares al día. En la ciudad de Quebec la parte amurallada es peatonal o demasiado estrecha, así que el coche se queda en el hotel los días 4 y 7.
Tres avisos prácticos. El giro a la derecha con semáforo en rojo está prohibido en la isla de Montreal y permitido en el resto de la provincia, lo que confunde. Los peajes son pocos y las autopistas buenas, pero la 138 por la Côte-de-Beaupré y por Charlevoix es de calzada única con curvas y pendientes fuertes. Y casi todo está en francés, señales incluidas: el inglés funciona en Montreal, menos fuera de ella.
La cocina quebequesa es cocina francesa pasada por dos siglos de invierno duro: grasa, patata, cerdo y jarabe de arce. Y Montreal tiene una de las mayores densidades de restaurante por habitante de América del Norte.

La poutine es el plato nacional y no es una broma gastronómica: patatas fritas cubiertas de queso cheddar fresco en grano, que chirría al morderlo, y salsa de carne caliente por encima, que lo derrite a medias. La prueba de una buena poutine es el chirrido del queso. Cuesta de 10 a 16 dólares canadienses y está en todas partes.

El bagel de Montreal es otro producto: hervido en agua con miel y horneado en horno de leña, sale más fino, más dulce y más crujiente que el de Nueva York. La St-Viateur, en el Mile End, funciona 24 horas al día desde 1957 y vende por unidad o por docena, recién salido del horno. La Fairmount, a dos manzanas, es la rival histórica y la discusión sobre cuál es mejor no termina.

El smoked meat es pecho de ternera curado en sal y especias durante diez días, ahumado y cocido al vapor, cortado a mano y apilado entre dos rebanadas de pan de centeno con mostaza. El Schwartz s, en el boulevard Saint-Laurent desde 1928, es la dirección histórica: pide el corte medio, con grasa suficiente para que no se seque, y cuenta con cola en la acera.

La tourtiere es un pastel de carne picada con clavo y canela, tradicional de la cena de Navidad y vendido todo el año en los mercados. En la región del Saguenay se convierte en un plato hondo con carne en dados y patata. Pide también pate chinois, la versión local del pastel de carne, con carne, maíz y puré en tres capas.

Para beber, la sidra de hielo: manzanas que se dejan congelar en el árbol o tras la cosecha y se prensan con el azúcar concentrado por el frío. Es dulce, ácida y fuerte, se sirve fría como vino de postre, y nació en Quebec en los años 1990. Cómprala en una sidrería de la Isla de Orleans, que sale mucho más barata que en el aeropuerto.
Son suficientes para el corredor del río San Lorenzo, que concentra casi todo lo que se busca en la provincia: Montreal, la ciudad de Quebec, la Côte-de-Beaupré y la entrada de Charlevoix. Siete días con dos bases y coche del tercer al séptimo día cubren eso sin prisas, y ese es el límite honesto.
Lo que queda fuera, y vale la pena añadir con más días: Tadoussac y la desembocadura del Saguenay, a tres horas de Quebec, donde se ven belugas y ballenas jorobadas de junio a octubre; el Parc national des Hautes-Gorges-de-la-Riviere-Malbaie, el fiordo de montaña de Charlevoix; Mont-Tremblant y los Laurentides, a 1h30 al norte de Montreal, que cunden más en invierno; y la península de Gaspesia, que sola pide diez días.
Si tu viaje cae entre diciembre y marzo, cambia Charlevoix por una noche en la ciudad de Quebec durante el Carnaval y reserva un día entero para la nieve, porque todo tarda más.
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Hace falta visado de visitante o eTA, nunca las dos cosas. Los ciudadanos de España y del resto de la Unión Europea, de México y de Chile necesitan la eTA cuando llegan en avión. Argentinos, brasileños y colombianos pueden cambiar el visado por la eTA, que cuesta 7 dólares canadienses y se emite en minutos, si han tenido visado canadiense en los últimos 10 años o tienen visado estadounidense de no inmigrante vigente, y si llegan en avión. Llegando por tierra o por mar desde Estados Unidos, la eTA no vale y el visado de visitante es obligatorio.
Entre 1.400 y 2.300 dólares canadienses por persona sin el vuelo internacional, contando hotel de categoría media en habitación doble, comida, el coche de alquiler cinco días con gasolina y las entradas de la ruta. Las entradas suman de 90 a 140 dólares canadienses, y las más caras son la Ciudadela de Quebec (22), la Basílica Notre-Dame de Montreal (16) y el teleférico de Montmorency (unos 15). El vuelo ronda los 900 a 1.600 dólares canadienses ida y vuelta según el origen.
En esta ruta, solo a partir del tercer día. Montreal se recorre entera en metro, y el coche allí cuesta más de 25 dólares canadienses al día de aparcamiento en el Vieux-Montreal. La ciudad amurallada de Quebec también se hace a pie. El coche hace falta para Trois-Rivieres, la Isla de Orleans, la Côte-de-Beaupré y Charlevoix, que no tienen tren entre sí. Alquila el Día 3 y devuelve el Día 7.
En Montreal, sí, sin esfuerzo: la ciudad es bilingüe y casi todo el mundo en el comercio y la hostelería atiende en inglés. En la ciudad de Quebec el turismo funciona en inglés, pero fuera de él la respuesta suele llegar en francés. En Charlevoix, en la Isla de Orleans y en los pueblos del interior el francés es la lengua corriente y el inglés es ocasional. Toda señal de carretera está en francés, incluidas las de peligro, y conviene aprender arret, sortie, ouest y est antes de coger el coche.
De finales de septiembre a mediados de octubre, con una variación de hasta dos semanas según el año y la altitud. El color llega primero a las montañas de Charlevoix y de los Laurentides, hacia la última semana de septiembre, y baja al valle del San Lorenzo y a Montreal en la primera quincena de octubre. El gobierno de Quebec publica un mapa semanal de avance del color durante la temporada, que es la forma más fiable de acertar la fecha.

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